Carol Murillo Ruiz: Ciega por ella

Para Fermina Daza

I

Ella usaba la geografía de mi mano para arropar su gran afición al misterio. Fue capaz de esconder los trazos de la grafología virtual para detonarme los sesos precisamente el día que supe que el sol de La Habana le pertenecía de día y de noche, en la realidad y en la ficción.

II

Cuando ella llegó a mi vida los años me frisaban flojos. Yo sabía mucho de la ciencia y poco de la nigromancia. Sus ojos vivaces y su pelo con rizos azabaches me dijeron nada de su hechicería habitual. Una noche, montada en su Volkswagen, cuyo color no logro recordar, me llevó a ver una película larga y sin asomo de guion y alas; pero aquella escena de su carro viejo, clásico y rugiente, se me vino exacta aquí en El Vedado habanero. Le dije que vendría y que me esperara en algún lugar sin nombre. Creí que aparecería sin ton ni son en el hotel o en la casa en la que me hospedé luego para darle tiempo a que decidiera hacer su truco de aparecer bateada de demencia.

III

Cuando los años me frisaban flojos a ella le frisaban duros. Había viajado por el sur y por el centro. Y tenía un uniforme de coronela salido directamente del Macondo de su ático. Una vez, hablando de alegorías feroces, me prestó un libro sobre los cachacos que atesoro embalado en un cartón de aceites. Fue cuando aprendí a pensar por escrito las cosas que la hechicera me susurraba en braille. Y a partir de entonces me volví ciega por ella. Ciega de remate.

IV

Un frente frío de febrero vuelve al largo malecón de La Habana un espectáculo de agua fresca. La gente se asusta porque recuerda la ocasión en que sus casas se anegaron, y se ahogaron libros y discos de acetato y hasta un piano del siglo de las luces. Hay paredes que todavía guardan la marca de la borrasca y las pintan como un espasmo de dolor. Miro la señal y veo la pierna de ella sin alcanzarla, sin saber que existe para que la mida con su otra pierna. La primera pierna estuvo enferma un tiempo. Cojeaba pero bailaba. La mueca de su padecimiento no era una mueca; era un jolgorio de acordeón. Y mientras la fiesta sonaba ella resplandecía en el suelo. Entonces descubrí algo: ella era muda y yo estaba ciega. Al recordarlo y ver el nuevo piano de mi anfitriona cubana, que retumbaba en sus dedos de refinado humo, vi a la bruja salir de un escaparate. Creí que desembarcaba mas era el celaje de aquel cuerpo que yacía en la superficie de mi ceguera. Ruedo en la ironía de que venga con el favor de mis súplicas. Y otra vez ruego.

V

Ella me miraba con compasión en las comidas. Eso pienso ahora que la siento ausente en la mesa que no es suya. Una noche de septiembre cenamos pasta con champiñones negros y aceitunas. El ambiente olía a albahaca y canela por el vapor de sus labios al pronunciar mi nombre. Yo festejaba cada cosa que hacía. Ella era feliz conmigo sin enmienda. Pero no lo decía. La piedad apuraba su silencio en las noches que agonizaba sin verla. Siempre muda, ella. Siempre ciega, yo. Anochecía y su silueta, que llegaba nada gentil desde un tajo del malecón, tupía el balcón de mi habitación en el derruido Deauville. Y sospeché de pronto.

VI

La necedad guiaba mi impulso de esperarla sin cosechar manjares. No tanteaba el reloj para no calcular su paso lento y remoto. Solo al dejar el hotel deposité un mensaje en un frasquito de sal con la hora de mi partida. Fantaseaba que lo leía y se metía al mar a buscarme como una sirena de hule. Alojada en la casa de mis amigos, rendida de mis madrugadas viendo el pozo negro del malecón desde el octavo piso de aquel hotel maldito, pensaba en los modos en que ella examinaría y desdoblaría la esquela de mi frasquito. Sonreiría de la frase en braille y colocaría el papel en su oreja izquierda para oír mi voz en los ciento treinta y cuatro puntos bien distribuidos que detallaban de modo rústico cómo llegar a la otrora mansión de El Vedado. Dormí a mi pesar la primera noche. Casi tocaba el hule que sofocaba su espalda pero ni en sueños asomó su dentadura de niña mimada y su espiga de mujer celosa.

VII

Recorrí La Habana Vieja sin ella. El sol estaba tendido entero en la calle Obispo y yo bebía cada cuarto de hora una botella de Bucanero para no renunciar a la única ilusión de un viaje que debía fraguar el milagro. Quise, como cortesía, dejarle mi adiós y mi despecho en un clasificado del Granma. No hubo manera. No aceptaban anuncios en braille.

VIII

Ella mudaba de cuerpos para abrigar su insomnio y salvar mi espíritu. Yo estaba tan ciega que oía caballos en sus canciones de amor y hasta hallaba motivos de hembra en celo para entender por qué no dormía en las noches y se bañaba sin abrir la ducha. Por esos días estaba de moda las putas tristes del Gabo. A ella no le gustó. Trató, sin decirlo, de puta al Gabo y a mí me trató como a él. No me quedé triste. Ella sabía cómo oprimir la felicidad que no le pertenecía al mismo tiempo que se partía en llanto por un hombre del segundo piso. Yo la miraba sin compasión y con espanto. Ella, tan ella, derrumbada en la putería de cualquier capricho, me resultaba una mujer a quien debía querer incluso en los bajos fondos de mi recato.

IX

Tenía que abandonar La Habana una madrugada de jueves. Las pocas luces del trayecto hacia el aeropuerto me decían que andaba nuevamente la gitana buscando mi mano en otras manos. Y hallaba las líneas de la suerte en mi mala suerte de no reconocerla en su quiromancia arcaica.

Al subir al avión me sobrecogió la inesperada evocación de ella ensamblada en una hamaca artesanal que pude fotografiar para probarle al mundo que existió alguna vez aunque yo estaba ciega y ella ocultaba la lengua y el verbo de los que siguen construyendo el amor. Y dormí.

X

He despertado del largo viaje de no verla nunca más. Y ahora, para coronar la espera que se convirtió en zozobra, ella me amenaza con el eco de sombras que yo había creído superar en los años que me frisaban flojos. Entonces, vuelvo al claustro de su boca hablando en ese tono poco decente del braille de los que ven el alma, vuelvo a esa cacatúa sin voz que saquea mis ganas de escudriñarla con mis ojos de leche y cal, y, vencida, me entrego entera a garrapatear la fábula en la que el animal no habla y la mujer es ciega.

México, DF, 29 de mayo de 2013.

http://www.telegrafo.com.ec/cultura/carton-piedra/item/ciega-por-ella.html

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