Samir Amin acerca de la intervencion en Mali

Sobre el apoyo de Samir Amin a la intervención francesa
Autor: Paul Martial

El artículo de Samir Amin* es en primer lugar contradictorio, pues a la cuestión de si la intervención francesa obedece a la regla de la voluntad de dominación colonial, responde al principio que… sí y no, pero el texto no es más que un alegato que trata de explicar que la guerra de Francia no responde en absoluto a esta voluntad: “Llamo a apoyarla, pero sin pensar lo más mínimo que dará la respuesta que hace falta a la continua degradación de las condiciones políticas, sociales y económicas, no solamente en Malí, sino en el conjunto de países de la región.” Extraño argumento: Samir es consciente de que la guerra que mantiene Francia en Malí, y que él llama a apoyar, ¡no resolverá nada!

El papel del islamismo
Más que un análisis, Samir hace una constatación del papel que desempeña el islamismo político considerado como una fuerza política reaccionaria. Comprender el islamismo implica comprender en primer lugar su auge, evidentemente asociado a la miseria ignominiosa en que el capitalismo hunde a las poblaciones, pero también a la falta de credibilidad de una alternativa política a escala internacional. Está claro que no es por casualidad que el ascenso del islamismo venga de la mano de la pérdida de influencia del socialismo en todas sus variantes. El altermundialismo pudo servir de balón de oxígeno frente a la ofensiva del pensamiento único liberal, pero jamás tuvo la capacidad de movilización y de organización que pudieron tener las organizaciones que se reclamaban del socialismo. Este aspecto nos parece importante porque el islamismo aparece actualmente, en algunos casos –y de forma equivocada, en esto coincidimos–, como un movimiento de contestación de un orden mundial injusto y constituye un polo de atracción.

Dicho esto, los distintos grupos yihadistas que cometen sus desmanes en Malí son perfectos reaccionarios y mafiosos que controlan tráficos que en parte son simplemente odiosos, pues se trata del establecimiento de vías que recorren los africanos para tratar de llegar a Europa.

De la OCRS al Sahelistán
Samir recuerda la creación de la Organización Común de las Regiones Saharianas (OCRS), fundada en 1957 y disuelta seis años después. Señala que por parte de Francia no hay ningún peligro de que se reavive este proyecto: “ Si bien puede que haya algunos nostálgicos del proyecto en París, no creo que sean capaces de convencer a políticos dotados de una inteligencia normal de la posibilidad de resucitarlo… ”. Para añadir de inmediato que la creación de una entidad política del Sahel es un proyecto que sí existe: “ Es el de la nebulosa constituida por el islam político en cuestión y se beneficia del eventual beneplácito de EE UU y en su estela de sus lugartenientes en la (inexistente) Unión Europea, Gran Bretaña y Alemania ”. Por tanto, ningún peligro por parte de Francia de que se resucite una entidad política del Sahel, pero en cuanto a EE UU, Gran Bretaña y Alemania (y a Sarkozy, citado expresamente), no hay nada seguro.

Todo esto es falso si nos atenemos a los hechos. En efecto, la política exterior de Sarkozy consistió en favorecer al Movimiento Nacional de Liberación de Azawad (MNLA), grupo nacionalista no islamista que debía desempeñar funciones de milicia de seguridad frente a Al Qaeda del Magreb Islámico (AQMI) en beneficio del imperialismo francés. Sin embargo, el objetivo declarado del MNLA, la independencia de Azawad, y por tanto la compartimentación de una parte del Sahel, no molestó excesivamente a la diplomacia francesa, que propugnaba una negociación al respecto. Una compartimentación que por tanto es contraria a la gran entidad política del Sahel que se atribuye a la voluntad de Sarkozy. Pero, sobre todo, el imperialismo, sea francés o anglosajón, no tiene ninguna necesidad de una nueva compartimentación del Sahel para asegurarse el abastecimiento –o más exactamente, el saqueo– de los recursos energéticos de la región. Lo que desean los países ricos, ante todo, es una estabilización que permita a las diversas multinacionales explotar los recursos con calma.

Explicar, como hace Samir, que Francia se ha opuesto, junto con Argelia, al proyecto de EE UU, Gran Bretaña y Alemania de construir un Sahelistán con la complicidad de los islamistas también es una falsedad. En efecto, antes de la intervención francesa se plantearon dos vías contrapuestas. Por un lado, la de Francia y de su club de fans que es la Comunidad Económica de Estados de África Occidental (CEDEAO), que preconizaban una intervención militar directa y rápida; así, París impulsó una verdadera ofensiva diplomática para obtener el apoyo de la “comunidad internacional” a sus planes. La otra vía, la de Argelia, consistía en desarrollar una actividad diplomática independiente de negociaciones con el MNLA, y también con el grupo islamista Ansar Dine, a fin de hallar una solución política y evitar de este modo una intervención militar que inevitablemente tendría que estar encabezada, directamente o no, por Francia. Esta estrategia contaba con el apoyo de EE UU, que en el Consejo de Seguridad de la ONU se batió por que las resoluciones incorporaran y priorizaran la negociación política. Dicho sea de paso, EE UU mantiene importantes relaciones militares con el ejército argelino.

La subestimación del imperialismo francés en África
El error de análisis de la cuestión del Sahara viene acompañado de otro, que en cierto modo es todavía más desastroso: la absoluta subestimación del peligro que supone la política de Francia en África. En efecto, Samir afirma que “ la victoria constituiría un medio importante de recuperación del lugar de Francia en el concierto de las naciones, más allá incluso de Europa”, para explicar acto seguido que “ puede que las ambiciones “coloniales” francesas –convertir a Malí en un Estado cliente, a imagen y semejanza de algunos otros países de la región– no sean ajenas a ciertos responsables de la política maliense de París. La Franciáfrica tiene siempre sus portavoces, pero no representa un peligro real, ni mucho menos importante ”.

Según esto, Francia ya no representa un peligro para África y las ambiciones imperialistas francesas no son más que marginales. ¿Se circunscribe esta ausencia de peligro exclusivamente a Malí y, en este caso, por qué es este país el único que está a salvo de ese peligro? De lo contrario, sería interesante saber en qué momento sitúa Samir este cambio fundamental de la política francesa, que por cierto ha pasado inadvertido para muchos militantes antiimperialistas, tanto en Francia como en África. ¿Cuáles son los factores que indican que tales ambiciones han dejado de ser un peligro real? Sin embargo, si contemplamos la historia reciente de Francia y sus intervenciones militares –en febrero de 2008 para salvar la dictadura de Deby (aunque tal vez en aquella ocasión también habría que haber defendido la operación militar, pues los rebeldes contaban con el apoyo del régimen islamista sudanés) o la operación de apoyo a las Fuerzas Nuevas en Costa de Marfil para instalar a Ouattara en el poder, por no hablar de Libia…–, los hechos no corroboran precisamente un debilitamiento de la acción imperialista francesa, sino todo lo contrario, ilustran perfectamente el papel que desempeña este país, que no ha cambiado desde hace lustros. Y si Samir piensa que la acción imperialista ha dejado de existir simplemente porque el presidente Hollande la dio por finiquitada en su discurso ante la Asamblea Nacional en Dakar, el reciente envío de comandos especiales del ejército francés a Níger para proteger las minas de la multinacional francesa AREVA debería bastar para convencerle de lo contrario.

Cuando Samir analiza la situación de Malí y en particular señala que el presidente maliense carece prácticamente de toda legitimidad porque ha sido instalado en el poder por la CEDEAO, no va hasta el fondo y, por consiguiente, no destaca la responsabilidad de la política exterior francesa. En efecto, fue Francia quien colocó en el poder al presidente maliense a fin de evitar la desestabilización política de Malí cuando, al mismo tiempo, gran parte de la población y de las organizaciones militantes de la sociedad civil luchan por la convocatoria de una conferencia nacional que permitiera la regeneración política rompiendo con esa casta dirigente corrupta y tal vez incluso con el FMI y el Banco Mundial. El golpe de Estado del capitán Sanogo no era un golpe de Estado preparado, sino un motín que provocó la caída de Amadou Toumani Touré, lo que dice mucho del grado de decrepitud del régimen, con la consecuencia inmediata de dejar vacante el poder. Era precisamente ese vacío de poder el que resultaba peligroso para Francia y la CEDEAO.

Por otro lado, las organizaciones de la izquierda radical trataron de aprovechar la brecha –aunque su línea política pudiera ser discutible, pero ese es otro debate– para tratar de construir un Malí distinto. Francia y la CEDEAO tenían desde el principio dos objetivos precisos: restablecer el antiguo orden en el sur, especialmente en la capital Bamako, y asegurar el norte. No hay más remedio que constatar que estos dos objetivos están a punto de alcanzarse. Se ha decretado el estado de excepción en todo Malí, las organizaciones progresistas están marginadas y amordazadas, el ejército francés ocupa el norte del país. Creer que Malí pueda reconstruirse en estas condiciones es pura ilusión.
Antes de hablar de solución militar, de saber quién debe intervenir, es preciso basar la intervención en un proyecto político que goce de verdadera legitimidad entre la población, que permita al Estado maliense influir y dirigir esta intervención y no de sufrirla. Unificar a las poblaciones en torno a proyectos sociales y económicos, particularmente en el norte del país, es una necesidad imperiosa. A falta de soluciones políticas elaboradas por las poblaciones malienses y sus organizaciones, es Francia quien orientará la construcción del nuevo Malí, lo que implica el riesgo de que este último se parezca como dos gotas de agua al antiguo Malí, con los mismos dirigentes políticos corruptos, la misma sumisión a la política liberal, la misma miseria para las poblaciones y los mismos riesgos de estallidos bélicos y de fundamentalismo islámico.

La cuestión tuareg
También es falso decir que Modibo Keita, el padre de la independencia maliense, gestionó positivamente la cuestión tuareg, como pretende Samir. Las respuestas dadas fueron burocráticas, brutales y centralizadoras, ignorando deliberadamente los modos de vida de esas poblaciones. En la época de Keita, el norte de Malí estuvo bajo ocupación militar, con su cortejo de opresión y humillación. Esta política llevó a unir a gran parte de los tuaregs contra Bamako, cuando en el momento de la independencia una parte de las poblaciones tuaregs se habían opuesto al proyecto imperialista de De Gaulle en torno a la creación de la OCRS. Es cierto que era absolutamente necesario erradicar prácticas de esclavismo y opresión que perduraban entre ciertos sectores tuaregs con respecto a otras comunidades, en particular los bellan, pero esta lucha indispensable no podía justificar la subyugación de esta población.

El error principal de esta postura es que trata de encontrar soluciones en el marco sobrevenido y mezquino de una lucha entre los intereses neocoloniales de Francia y la opresión cruel y medieval de los islamistas. Fundamentalismo islámico o capitalismo, ¿es esa la disyuntiva? La política de Francia es asidua a estas bellas intervenciones humanitarias. Todos recordamos las imágenes espantosas de niños hambrientos en Biafra, pero ¿quién recuerda la política francesa de alimentar con armas y dinero aquel conflicto secesionista con ánimo de debilitar a Nigeria, país islámico, que adquiría demasiada importancia a los ojos de París? Podríamos hablar también de aquella campaña que invitaba a cada escolar francés a donar un paquete de arroz a los somalíes, y quién no vio a Kouchner, ministro de Francia, descargando sacos de arroz, pero ¿se recuerda todavía que unas cuantas semanas después fueron vehículos blindados occidentales los que tumbaron el régimen de los tribunales islámicos para salvar a las poblaciones, con el resultado de que después se instalaron en el poder otros todavía más extremistas, todavía más crueles: los shebab. Cuando aparecen a la luz nuevas revelaciones sobre la implicación de Francia en el genocidio ruandés, recordemos que la operación “Turquesa” se presentó asimismo como una intervención humanitaria cuya finalidad declarada era evitar nuevas masacres. En realidad estuvo destinada a sacar a los genocidas hutus a Zaire, hoy República Democrática de Congo, provocando una guerra que continúa desde hace 20 años en el este de Congo, con su cortejo de masacres, violaciones y saqueos.

Decididamente no: tanto en Malí como en toda África, Francia no forma parte de la solución, simplemente porque desde hace mucho tiempo forma parte del problema.

Traducido y publicado en VIENTO SUR

Enero 2013: por qué apoyar la intervención francesa

Autor(es): Amin, Samir
Amin, Samir. Nació en 1931 en Egipto, desarrolló sus estudios sobre política, estadística y economía en París. Trabajó en la administración egipcia del desarrollo económico. En 1970 se convierte en director del Instituto Africano de Desarrollo Económico y Planificación con sede en Dakar, Senegal. Ha dedicado gran parte de su obra al estudio de las relaciones entre los países desarrollados y los subdesarrollados, las funciones de los estados en estos países y principalmente a los orígenes de esas diferencias, las cuales se encontrarían en las bases mismas del capitalismo y la mundialización. Crítico feroz de la globalización, entre sus numerosos libros publicados podemos mencionar: El capitalismo periférico; El desarrollo desigual, ensayo sobre las formaciones sociales del capitalismo periférico; Capitalismo y sistema mundo; El fracaso del desarrollo en África y en el Tercer Mundo, un análisis político; Los desafíos de la mundialización; El capitalismo en la era de la globalización; La crisis. Salir de la crisis del capitalismo o salir del capitalismo en crisis; El socialismo en el siglo XXI: reconstruir la perspectiva socialista.

Con el fin conservar la brevedad y centralidad de este artículo sobre situación en Malí he descartado extenderme sobre otros temas importantes adyacentes, reduciéndolas a notas a pie de página, para evitar de ese modo grandes digresiones.

Este artículo no hace mención a la toma de rehenes en In Amenas. Los argelinos saben que si ellos ganaron la guerra contra el proyecto de Estado islamista del FIS (en su época, apoyado por las potencias occidentales en nombre de la ¡ »democracia »!), la lucha contra la hydra sigue ahí y hay que llevarla a cabo en todos los terrenos: la seguridad y la búsqueda del progreso social como única forma de secar el terreno al reclutamiento de los denominados movimientos islamistas. Sin duda, el asesinato de rehenes americanos y británicos obliga a W ashington y Londres a comprender mejor que Argelia hizo lo que debía: ninguna negociación con los asesinos. Desgraciadamente, no creo que a largo plazo este error de los terroristas suponga un punto de inflexión en el apoyo de los Estados Unidos y de Gran Bretaña a lo que ellos continúan denominando islam político « moderado »
Soy de los que, por principio, condenan cualquier intervención militar de las potencias occidentales en el Sur, porque su objetivo es establecer el control del planeta al servicio de los dominantes monopolios capitalista.

¿Constituye la intervención francesa en Malí la excepción de la regla? Sí y no. Es por eso que llamo a apoyarla, pero sin pensar lo más mínimo que dará la respuesta que hace falta a la continua degradación de las condiciones políticas, sociales y económicas, no solamente en Malí, sino en el conjunto de países de la región, fruto de las políticas de expansión capitalista impulsadas por la triada imperialista (Estados Unidos, Europa y Japón). Políticas que siguen vigentes y que han abonado el terreno para la implantación del Islam político en la región.

I. Islam político reaccionario: enemigo de los pueblos y aliado principal de las estrategias de la triada imperialista /1.
Mas allá de las distintas variantes en las que se expresa, nos guste o no, el Islam político no es un « movimiento para el renacimiento de la fe religiosa » sino una fuerza política archireaccionaria que condena a los pueblos, que eventualmente se ven sometidos a su dominación, a una regresión en todos los ámbitos, impidiéndoles responder positivamente a los retos a los que están confrontados. Su ejercicio del poder no constituye ningún freno a los procesos de degradación y pauperización que se vienen dando sin interrupción desde hace tres décadas. Al contrario, los profundiza y se alimenta de ellos.

Esta es la razón fundamental por la que -en función de lo que representa y cómo actúa- las fuerzas de la triada ven al islamismo político como un aliado estratégico. El apoyo sistemático otorgado por estas potencias al islam político reaccionario ha sido, y continúa siendo, una de las principales razones de sus éxitos: los talibanes en Afganistán, el FIS en Argelia, los Islamistas en Somalia y Sudan, Turquía, Egipto y Túnez u otros países en los que se han beneficiado de este apoyo para alcanzar el poder local en momentos decisivo. Ninguna de los componentes moderados de islam político se ha desmarcado de una forma clara de los autores de actos terroristas, de sus componentes llamadas « salafistas ». Cuando hizo falta, todos se beneficiaron, y aún continúan haciéndolo, del « exilio » en los países del Golfo. Ayer en Libia, hoy en Siria…, siguen estando apoyados por las potencias de la triada. Los crímenes y las exacciones que cometen se integran perfectamente en el discurso que acompaña a esta estrategia de apoyo: dan credibilidad a la tesis de la « guerra de civilizaciones », facilitan el alineamiento « consensuado » de los pueblos de la triada al proyecto global del capital monopolista. Los dos discursos: la democracia y la guerra al terrorismo, se complementan mutuamente en esta estrategia.

Es preciso una buena dosis de ingenuidad para creer que el islam político de los calificados de « moderados » sería soluble en la democracia. No es que, como se dice con falsa ingenuidad, los sectores moderados se vean desbordados por los excesos fanáticos, criminales e incluso terroristas de los salafistas; lo que existe es una división de trabajo entre ellos. Pero su proyecto es común: una teocracia, arcaica por definición, que se encuentra en las antípodas incluso de la más mínima democracia.

II . El Sahel, ¿un proyecto al servicio de qué intereses?
De Gaulle acarició la idea de un « Gran Sahara francés », pero la tenacidad del Frente de Liberación Nacional (FLN) argelino y la radicalización de la Unión Sudanesa de Modibo Keita en Malí hizo que el proyecto fracasara definitivamente en 1962-1963. Si bien puede que haya algunos nostálgicos del proyecto en París, no creo que sean capaces de convencer a políticos dotados de una inteligencia normal de la posibilidad de resucitarlo.
De hecho, aunque hasta Sarkozy se declarara partidario del mismo, el proyecto de El Sahel no es francés. Es el de una nebulosa constituida por el islam político en cuestión y se beneficia del eventual beneplácito de EE UU y, en su estela, de sus lugartenientes en la (inexistente) Unión Europea, Gran Bretaña y Alemania.

El Sahel « islámico » permitiría la creación de un gran Estado abarcando gran parte del Sahara de Malí, Mauritania, Níger y Argelia, que contiene importantes recursos minerales: uranio, petróleo y gas. Recursos que no estarían prioritariamente a disposición de Francia sino, sobre todo, de los poderes dominantes de la Tríada. Un « Reino » que, como ocurre en Arabia Saudí y en los emiratos del Golfo, podría « comprar » fácilmente el apoyo de población (escasa) al tiempo que los emires acaparan fabulosas riquezas para beneficio personal. Para las potencias de la Triada, el Golfo sigue siendo el mejor amigo/siervo útil, a pesar del carácter atrozmente arcaico y esclavista de su gestión social. Aunque yo diría que es justamente gracias a él. Los poderes que se instalarían en el Sahel se abstendrían de realizar acciones terroristas en su territorio sin que ello implique que no las apoyarían en otros países.
Francia, que había logrado salvar de su proyecto « Gran Sahara » el control de Níger y su uranio, quedaría relegada a un papel secundario en el Sahel /2.

Le ha correspondido a F. Hollande -y ése es su mérito – haber comprendido esto y oponerse a ello. No debería sorprendernos el ver que la intervención decidida por él fue apoyada de inmediato por Argelia y otros países que para Paris no figuran entre sus « amigos ». El gobierno argelino ha demostrado una lucidez total: es consciente de que el proyecto del Sahel no sólo afecta al norte de Malí sino también al sur de Argelia /3. Tampoco hay que sorprenderse de que « los aliados de Francia » – Estados Unidos, Gran Bretaña, Alemania, por no hablar de Arabia Saudita y Catar- son, en realidad, hostiles a la intervención que la han tenido que aceptar a regañadientes porque se han encontrado ante un hecho consumado. Ahora bien, estos países no se entristecerían si la operación se estanca y fracasa, porque eso reforzaría el proyecto del Sahel.

III . Ganar la guerra del Sahara
Soy de los que esperan y desean que se gane la guerra del Sahara y los islamistas sean erradicadas en la región (particularmente de Malí y Argelia) y que Malí se reconstruye en el marco de sus fronteras. La victoria es la condición necesaria para la posterior reconstrucción del Estado y de la sociedad maliense.

Esta guerra será larga, costosa y dolorosa, y su resultado es incierto. La victoria requiere que se cumplan determinadas condiciones. De hecho, no se trata sólo de que las fuerzas armadas francesas no abandonen el territorio antes de la victoria total, sino que será preciso poner en pie un ejército maliense digno de ese nombre. Hay que ser conscientes de que la intervención militar de otros países africanos no constituye un factor decisivo para la victoria.

Es factible la reconstrucción del ejército maliense. El Malí de Modibo fue capaz de construir una fuerza armada competente al servicio de la nación y capaz de disuadir a fuerzas agresoras parecidas a los actuales islamistas de AQMI. Esta fuerza fue destruida de forma sistemática por la dictadura de Moussa Traoré y no ha sido reconstruida por sus sucesores. Ahora bien, el hecho de que el pueblo de Malí sea plenamente consciente de que su país tiene la obligación de estar armado, hace que la reconstrucción de su ejército pueda beneficiarse de una situación favorable. El obstáculo es financiero: reclutar a miles de soldados y equiparlos no está al alcance de los recursos actuales del país. Y ni los Estados africanos, ni la ONU ayudarán a paliar este déficit. Francia debe entender que la reconstrucción de ese ejército es la única forma de lograr la victoria y que tiene que aportar esta ayuda. El estancamiento y la derrota no sólo sería un desastre para los pueblos africanos, también lo seria para Francia. La victoria permitiría a Francia recuperar el lugar que le corresponde en el concierto de las naciones, más allá incluso de Europa.

No se puede esperar muchos de los países de la CEDEAO. Las guardias pretorianas de la mayoría de estos países no tienen de ejército mas que el nombre. Es cierto que Nigeria dispone de una de las tropas más numerosas y mejor equipadas pero, por desgracia y por decirlo suavemente, están mal disciplinadas: muchos de sus altos mandos no persiguen otro objetivo que el saqueo de las regiones en las que intervienen. Senegal también dispone de una fuerza militar competente y, además, disciplinada pero es pequeña para su país. Geográficamente más alejados, Angola y Sudáfrica podría proporcionar un apoyo eficaz, pero su lejanía, y quizás otras consideraciones, puede hacer que no le vean interés a involucrarse.

Un compromiso firme, con determinación, y por el tiempo que haga falta por parte de Francia implica que la diplomacia de París tome distancias en relación a sus compañeros de la OTAN y de Europa. Aún no ha terminado la partida y por el momento nada indica que el gobierno de F. Hollande sea capaz de atreverse a dar ese paso.

IV . Ganar la batalla diplomática
El evidente conflicto entre los objetivos de la honorable intervención francés en Malí y la continuidad de la línea diplomática actual de Paris se convertirá pronto en algo insoportable. ¡Francia no puede luchar contra los « islamistas » en Tombuctú y apoyarlos en el Alepo!

La diplomacia francesa, adscrita a la OTAN y a la Unión Europea, comparte la responsabilidad de sus aliados en el éxito del islam político reaccionario. Una prueba clara de ello la tenemos en la aventura en Libia, cuyo único resultado (lo que ciertamente era previsible y deseable, al menos para Washington) no fue liberar al pueblo libio de Gadafi (un payaso más que un dictador) sino destruir Libia: país que se ha convertido en un territorio controlado por los señores de la guerra y que se encuentra en el origen del reforzamiento de AQMI en Malí.

La hidra del islam político reaccionario recluta tanto en círculos de la delincuencia organizada como entre fanáticos religiosos. Más allá de la « yihad », sus emires -que se hacen llamar los defensores intransigentes de la fe- se enriquecen con el tráfico de drogas (los talibanes, AQMI), de armas (señores de la guerra de Libia) y de la prostitución (kosovares).

El problema es que hasta el presente la diplomacia francesa también los apoya, como en Siria. Los media franceses dan crédito a los comunicados del pretendido Observatorio Sirio de los Derechos Humanos, que es conocido por estar controlado por la Hermandad Musulmana y haber sido fundado por Ryad El Maleh con el apoyo de la CIA y la inteligencia británica. ¡Cuánto credibilidad se otorga a las noticias Ansar Eddine en Francia! Francia tolera que las llamadas « Fuerzas de la Coalición Nacional de la Oposición y la Revolución » esté presidida por el jeque Ahmad El Khatib (Hermano Musulman y autor del incendio del barrio de Duma en Damasco), elegido por Washington.

Me sorprendería (pero sería una sorpresa agradable) que F. Hollande se atreviera a revertir esta situación como lo hizo De Gaulle, saliendo de la OTAN y dejando vacante su puesto en la Unión Europea. Pero no vamos a pedirle tanto. Simplemente, vamos a pedirle que influya en las relaciones diplomáticas en el sentido que requiere la acción emprendida en Malí. De ese modo, comprobará que Francia ¡tiene más adversarios en el campo de sus « aliados « que en el de sus « enemigos »! No sería la primera vez que ocurre esto cuando ambos bandos se enfrentan en el campo diplomático.

V. Reconstruir Malí
La reconstrucción de Malí no puede ser obra sino de los malienses. Sin embargo, sería deseable que se les ayude en lugar de ponerles obstáculos que hagan imposible la reconstrucción.

Puede que las ambiciones “coloniales” francesas –convertir a Malí en un Estado clientelar, a imagen y semejanza de algunos otros países de la región– no sean ajenas a ciertos responsables de la política maliense de París. La Franciáfrica tiene siempre sus portavoces, pero no representa un peligro real, ni mucho menos importante. Un Malí reconstruido será capaz de afirmar, o reafirmar, rápidamente su independencia. Por el contrario, un Malí saqueado por el islam político reaccionario no sería capaz de conquistar en poco tiempo un lugar honorable en el tablero regional y global. Al igual que Somalia, correría el riesgo de ser eliminado de la lista de estados soberanos dignos de ese nombre.

En la época de Modibo, Malí realizó progresos tanto en el orden económico y social como en la afirmación de su independencia y en la unidad de sus componentes étnicos.

La Unión Sudanesa logró unir en una misma nación a los Bambara del Sur, a los pescadores Bozo, los agricultores Songhai y los Bella (tuareg negros) del valle del Níger, desde Mopti a Ansongo (nos olvidamos de que hoy en día en el norte de Malí la mayoría de la población no es tuareg), e incluso hizo aceptar a los tuaregs la liberación de sus siervos Bella. El problema fue que la falta de recursos -y, tras la caída de Modibo, la falta de voluntad política- de los gobiernos de Bamako sacrificaron los proyectos de desarrollo para el Norte. Algunas reivindicaciones de los tuareg son perfectamente legítimas. La posición de Argelia, que aboga por diferenciar la rebelión tuareg, ahora marginada y con la que hay que discutir, de los yihadistas llegados de otros países y a menudo muy racistas con los « negros », resulta muy pertinente.

Los límites de los logros de Malí de Modibo y, también, la hostilidad de las potencias occidentales (en particular, Francia), están en el origen del fracaso del proyecto y, finalmente, del éxito del odioso golpe de Estado de Moussa Traoré (apoyado hasta el final por París), cuya dictadura es la responsable de la descomposición de la sociedad maliense, de su pobreza y de su impotencia. La poderosa revuelta del pueblo maliense que logró derrocar a la dictadura a costa de decenas de miles de víctimas, generó grandes esperanzas en el renacimiento del país; esperanzas que se vieron frustradas, ¿por qué?

Desde la caída de Moussa Traoré el pueblo de Malí conoció libertades democráticas sin precedentes. Sin embargo, no parece que sirvieran para mucho: cientos de partidos fantasmas sin programa, parlamentarios electos impotentes y una corrupción generalizada. Algunos analistas, cuya mente aún no está libre de la fiebre racista, se aprestan a concluir que este pueblo (como los pueblos africanos en general) ¡no está preparado para la democracia! Fingen ignorar que la victoria de las luchas del pueblo maliense coincidió con la ofensiva « neoliberal » que impuso a este país, debilitado al límite, el modelo de lumpen-desarrollo preconizado por el Banco Mundial con el apoyo de Francia y Europa. Un modelo que condujo a una regresión social y económica y un empobrecimiento sin limites.
Estas políticas son las responsables mayores del fracaso de la desacreditada democracia. Esta involución creo, tanto aquí como en otros países, las condiciones favorables para al ascenso de la influencia del islam político reaccionario (financiado por el Golfo) no sólo en el Norte, monopolizado por AQMI, sino también en Bamako.
La decadencia del Estado maliense que trajo consigo constituyó el origen de la crisis que concluyó con la destitución del presidente Amani Toumani Touré (refugiado desde entonces en Senegal), al irreflexivo golpe de Estado de Sanagho y a la puesta baja tutela del Mali a través del « nobramiento » de un presidente provisional -llamado de transición- por la CEDEAO. Organismo presidido por el presidente de Costa de Mafil, A. Ouatatara, que siempre ha actuado como funcionario del FMI y del Ministerio de Cooperación francés. Es este presidente, cuya legitimidad a los ojos de las y los malienses es igual a cero, quien solicitó la intervención francesa. Este hecho debilita considerablemente los argumentos de Paris a pesar de que desde el punto de vista diplomático resulten impecables: Paris intervino tras haber sido solicitada su intervención por un Jefe de Estado « legitimo » de un país amigo. Pero, si es así, ¿por qué el llamamiento del Jefe de Estado Sirio -incontestablemente no menos legítimo- al apoyo de Irán y Rusia es « inaceptable »? Francia tiene que corregir el tiro y revisar su lenguaje.

En cualquier caso, la reconstrucción de Malí pasa ahora por el rechazo rotundo de las « soluciones » liberales que están en el origen de todos estos problemas. Ahora bien, en torno a esta cuestión fundamental, los conceptos fundamentales que maneja París siguen la corriente de los de Washington, Londres y Berlín. El concepto de « ayuda al desarrollo » de París no se diferencian un milímetro de las letanías liberales dominante/4. Ni más ni menos. Incluso si Francia gana la batalla del Sahara -que es lo que yo deseo- no está bien situada para contribuir a la reconstrucción de Mali. Ahora bien, el fracaso de la misma permitiría a los falsos amigos de Francia tomar su revancha.

23/01/2013

http://www.forumdesalternatives.org/fr/mali-janvier-2013

Notas
1/ Antes que nada, se impone un breve desarrollo de lo que supone el islam político reaccionario, porque el uso estratégico de estos movimientos por las fuerzas del capitalismo/imperialismo dominante no excluye errores . La movilización de aventureros « yihadistas » (« terroristas ») es el medio indispensable por el cual el Islam político reaccionario puede imponer su poder. Evidentemente, estos aventureros son propensos a la delincuencia (saqueos, toma de rehenes, etc.). Además, los « fanáticos » que reclutan sus « ejércitos » son siempre, por naturaleza, capaces de iniciativas impredecibles. La dirección del movimiento (el wahabí del Golfo) y el establishment de los Estados Unidos (y, por extensión, de los subalternos aliados gobiernos europeos) son conscientes de los límites de su capacidad para « controlar » los medios para la puesta en pie de su proyecto común, pero aceptan el caos.

Existen numerosos análisis serios sobre el islam político reaccionario (entre otros, ver Samir Amin Le monde arabe dans la longue durée, 2010).

Cuestión tangencial, pero importante: el islam político reaccionario garantiza que los países que caigan bajo su dominio no lleguen a formar parte de los países emergentes. Ver al respecto el capítulo dedicado a esta cuestión en Samir Amin, L’implosion du capitaliste libéral, 2012)

2/ Francia mantuvo su control sobre Níger y su uranio a través de una política de « ayuda » barata, que mantuvo al país en la pobreza y la impotencia. Ver nota (4). El proyecto del Sahel barria las posibilidades francesas para preservar el control sobre el Níger y el uranio.

3/ En contraste con la lucidez de Argelia, es palpable el silencio de Marruecos, cuya monarquía expresó de forma reiterada y a través de discursos incendiarios sus pretensiones sobre Tombuctú y Gao (ciudades ¡ »marroquíes »!). Aún no se conoce una explicación cabal de las razones de este repliegue de Rabat.

4/ Yash Tandon (En la dependencia de la ayuda final, CETIM, 2009) ha demostrado que la « ayuda » condicionada a la implantación de la globalización neoliberal no era un « remedio » sino un veneno. Yo mismo, en la introducción de este libro ofrezco un ejemplo, el de Níger.

Traducido y publicado en VIENTO SUR
1/2013

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