RUPTURAS Y CONTINUIDADES por Napoleón Saltos Galarza

RUPTURAS Y CONTINUIDADES
Napoleón Saltos Galarza
Quito, abril 2012

Para que cualquier forma de pensamiento se convierta en dominante, tiene que presentarse un aparato conceptual que sea sugerente para nuestras intuiciones, nuestros instintos, nuestros valores y nuestros deseos así como también para las posibilidades inherentes al mundo social que habitamos. Si esto se logra, este aparato conceptual se injerta de tal modo en el sentido común que pasa a ser asumido como algo dado y no cuestionable.
David Harvey

El sentido común.
La CEPAL anuncia para el 2012 el crecimiento del 3,7% del PIB de América Latina, frente al 4,3% alcanzado en el 2012; el Ecuador estaría entre los de mayor crecimiento (5%), junto a Haití (8%), Panamá (6,5%) y Perú (5%). La conclusión inmediata es que América Latina ha logrado desvincularse de la crisis que afecta a las economías centrales, y sigue una dinámica contra-cíclica. Los gobiernos pueden proclamar su éxito.
Sin embargo el sentido común, incluido el de los trabajadores y explotados, no corresponde a la naturaleza profunda de los procesos, sobre todo cuando se trata en la perspectiva de los cambios estructurales. “La conciencia ordinaria cree estar en una relación inmediata con el mundo de los actos y objetos prácticos. (…) No siente la necesidad de desgarrar el telón de prejuicios, hábitos mentales y lugares comunes sobre el que proyecta sus actos prácticos. (…) La carencia de sentido de la acción transformadora humana (…) es justamente lo que afirma la conciencia ordinaria con sus juicios despectivos y negativos sobre el alcance de la práctica revolucionaria.”
Este fetichismo de la relación directa del sentido común con la verdad se refuerza en la reducción de la práctica política al ámbito de la publicidad y al juego electoral. Se establece un círculo vicioso entre la medición del sentido común promedio – encuestas de opinión – como el promedio de la verdad sobre el cual se asientan las estrategias de la publicidad para conseguir un respaldo mayoritario electoral. El predominio de la cantidad opera no sólo en el ámbito económico – el valor de cambio sobre el valor de uso –, sino también en la política – la representación desvinculada de la presentación –.
En los años 60, al calor de las teorías de la dependencia, la crítica a las teorías de la modernización fundamentó la diferencia entre desarrollo y crecimiento, y aportó al fortalecimiento de la conciencia nacionalista y libertaria de los pueblos. Y ahora, ante la crisis civilizatoria, se ha fortalecido la crítica al concepto del desarrollo. Y sin embargo, la propaganda oficial regresa a los datos del crecimiento como el soporte de las verdades, para las estrategias políticas.
El terreno de la reflexión económica no es el índice de crecimiento del PIB, sino el campo de la reproducción y de la acumulación ampliada del capital como un sistema-mundo. El terreno de la reflexión política no es la democracia representativa, sino las relaciones de poder entre clases-nacionalidades-etnias-géneros-regiones en una sociedad abigarrada. El terreno de la reflexión civilizatoria no es la propaganda, sino el modo de vida.
La crisis como método de conocimiento.
Las crisis son momentos no sólo de reformulación de la economía y la política, sino también de reformulación de los aparatos conceptuales. “A contrapelo, la historia, como economía, como política y como mito, se ofrece como algo concentrado en la crisis”. Las crisis se presentan como un método de conocimiento, allí las contradicciones se explicitan, se muestran.

La crisis fordista de los 70 fue el piso para la “revolución” conservadora del neoliberalismo. “No sería de extrañar que los historiadores del futuro vieran los años comprendidos entre 1978 y 1980 como un punto de inflexión revolucionario en la historia social y económica del mundo… Desde la década de 1970, por todas partes hemos asistido a un drástico giro hacia el neoliberalismo tanto en las prácticas como en el pensamiento político-económico. La desregulación, la privatización, y el abandono por el Estado de muchas áreas de la provisión social han sido generalizadas.”

El modelo neoliberal tiene un núcleo duro que permanece como fundamento de la concepción y la práctica del capitalismo en este período – la liberalización y globalización del mercado con capacidad auto-reguladora, el retiro del Estado del ámbito económico y su centralización en las tareas de seguridad, la financierización de la economía, la segurización de la política y la flexibilización laboral –, pero, al igual que su fuente y ámbito, el capitalismo, tiene alta maleabilidad para adoptar formas nuevas, aparentemente distantes de la forma original.

La transmutación principal se realiza en el paso desde la estrategia en los años 80, comandada por el Fondo Monetario Internacional en torno a la política de shock del “Consenso de Washington”, a la estrategia de los años 90, construida desde el Banco Mundial y una red de ONGs “sociales”, en torno a la política de combate a la pobreza, la institucionalización y formalización de las relaciones de poder, la reforma del Estado, la participación institucionalizada de la ciudadanía y los “Objetivos del Milenio”. La presencia de estas nuevas formas procede por superposición y por predominio, más no por anulación de las anteriores.

Hoy estamos ante el paradigma de la OMC en torno a democracias disciplinarias y a la acumulación por desposesión; y el retorno de la estrategia del FMI frente a la crisis europea, bajo una versión “reloaded” de la política de shock y del Consenso de Washington.

Los soportes teóricos de estas variaciones también se modifican: en el neoliberalismo clásico del FMI el fundamento está en las teorías de Hayek y Freedman, que plantean el imperio del mercado libre y la doctrina del shock. La variante bancomundialista encuentra su soporte en las teorías sobre la pobreza originadas en los aportes de Amartya Sen, en las teorías neoinstitucionalistas de Douglas North y en las teorías neoconstitucionalistas de origen anglosajón. Los nuevos discursos, bajo el dominio de la OMC y de la combinación del capital financiero con el capital rentista, tanto bajo la antigua forma de la renta de la tierra y de los recursos naturales, como bajo la nueva forma de la renta tecnológica, han colocado en el centro la instrumentalización del discurso de “la ecología como el nuevo opio de los pueblos” asentado en un neopositivismo “reloaded” de confianza en las soluciones tecnológicas “limpias”.

Particularmente en nuestro Continente hay que tomar en cuenta el juego de máscaras entre la política y el papel del Fondo Monetario Internacional, y la política y el papel del Banco Mundial, las organizaciones sociales multilaterales y la red de ONGs “sociales”; el juego de máscaras entre el “Consenso de Washington” y los “Objetivos del Milenio”, entre “el libre mercado” y la “participación ciudadana institucionalizada”. El olvido de esta diferencia ha llevado a asumir el paradigma bancomundialista como una alternativa post-neoliberal.

Y con ello se abre la puerta para que la oportunidad que representa la crisis para una transformación sistémica, mute en un reordenamiento cíclico del capital.

En nuestro Continente asistimos a un nuevo ciclo de bifurcación entre la racionalidad occidental capitalista y las posibilidades de alternativas desde un ethos barroco en resistencia, la bifurcación entre una modernización funcionalizada a los nuevos juegos del sistema y una modernización con reformas que abran el cauce de las transformaciones revolucionarias. En esta bifurcación es donde podemos analizar las rupturas y las continuidades. La pregunta gira en torno al carácter del cambio: estructural o cíclico. Para ello debemos empezar por superar el tabú del “mal menor”, hijo legítimo de la visión de la historia como progreso.

“El problema no consiste, por lo tanto, en luchar contra un maximalismo imaginario, sino en saber si a nombre de que las cosas podrían ser aún peores (…) uno debe ocultar de modo sistemático los problemas con que se enfrenta la democracia en la América Latina de hoy. Y a este respecto me pregunto (…) si uno de los éxitos de la política contrarrevolucionaria (…) no consiste precisamente en habernos llevado a percibir el mundo a la manera de aquel antihéroe de un cuento de Samuel Beckett que, simbólicamente echado a puntapiés de todos los hogares, todavía se alegra de que no lo persigan también en la calle para golpearle “delante de los transeúntes” y hasta agradece al cielo que sus opresores sean ‘gente correcta según Dios’”.

Territorialidad y crisis

Las crisis avanzan territorialmente de la periferia al centro: en 1982 estalla la crisis de la deuda en México y se expande a América Latina; en 1994 estalla nuevamente la crisis mexicana, en el momento en que, con la firma del TLCAN, se anunciaba la entrada de México en el Primer Mundo; en 1997 estalla la crisis de los Tigres Asiáticos, en el momento en que el Fondo Monetario les presentaba como el modelo a seguir y anunciaba un horizonte de veinte años de crecimiento sostenido; en 1998 estalla la crisis rusa y la crisis en nuestro país; en el 2001, la crisis argentina. La excepción está en la crisis japonesa que se presenta en forma temprana en 1990 y se mantiene en forma larvada hasta hoy.

Al centro y, particularmente a Wall Street, la crisis financiera llega con retraso respecto a los tiempos de la periferia, en marzo del 2001, como crisis del punto com, el estallido de la burbuja de la “nueva economía”; pero con adelanto respecto a los argumentos de los “halcones” norteamericanos sobre la justificación del 11S para la ofensiva guerrerista contra el mundo.

En la historia mundial, el 2008 se presenta como el año simbólico de la crisis del neoliberalismo en el centro, bajo la forma de una crisis hipotecaria que se transforma rápidamente en crisis bancaria, en crisis financiera, en crisis económica. El punto de partida está en el período 67-70, cuando se cierra la fase de auge productivo de postguerra, la crisis del modelo fordista, y el sistema pasa a su fase financiera. La confluencia de las crisis muestra la tendencia hacia una crisis estructural y civilizatoria.

El estallido de la crisis condensa la bifurcación del cambio actual: hacia una nueva forma de acumulación por apropiación del tiempo futuro – forma dinero: papeles de crédito y fe –, y por desposesión – forma renta de la tierra y renta tecnológica –; el gran capital puede orientar la crisis hacia nuevas formas de transferencia de la plusvalía y la riqueza, no sólo desde las antiguas periferias tercermundistas, sino también de las semi-periferias europeas o de las potencias emergentes, con un reordenamiento general del sistema mundo-capitalista, hacia formas imperiales desterritorializadas. O el proceso puede abrirse hacia formas post-capitalistas, con tendencias de cambios estructurales y civilizatorios.

Cada una estas opciones busca la construcción de paradigmas de interpretación y práctica del mundo. El teatro de fondo es la sombra de la guerra global.

Estamos en un período de transición que coloca en el centro la disputa de la orientación de la crisis: Davos y Anti-Davos; el salvataje de los bancos y las movilizaciones de los pueblos; las fuerzas del capital y las fuerzas del trabajo.

En el campo de las teorías económicas la disputa se da a tres puntas: teorías monetaristas “reloaded”, el retorno de Keyness bajo formas neokeynesianas y postkeynesianas, y el retorno de un Marx reactualizado. En el campo de las teorías políticas el debate es más confuso: Schmitt cruza las prácticas de gobiernos “progresistas” y de derecha; el neoinsitucionalismo es la guía de las reformas; mientras el pensamiento socialista y alternativo todavía se mueve a la defensiva.

La estrategia del capital es defender la triple alianza en la que asienta el orden de dominio: el poder de las grandes transnacionales financieras y extractivas, la intervención de las Instituciones Financieras Internacionales – FMI, BM, OMC, Banco Central de Europa y las “calificadoras” – y el poder militar del imperialismo norteamericano.

El salvataje es para los bancos, causantes y beneficiarios de la crisis, no para los ciudadanos; el intento es pasar a un nuevo ciclo de acumulación mediante la creación de la forma “imperio”, basada en la exclusión sistémica de continentes, países, seres humanos desechables y en la reclusión del mundo del capital. Ya no es posible la salvación para todos dentro del mundo del capital, los últimos intentos fracasaron el siglo pasado: el modelo soviético, las revoluciones nacionalistas, el Estado de bienestar europeo. El intento del capital es salvarse en un “enconchamiento” sistémico que condena a la humanidad y a la naturaleza a la desaparición.

Hoy se concentra el problema en Europa. La estrategia de respuesta no es fortalecer la cooperación, sino, por el contrario, defender los intereses de cada país: el capital no puede moverse sin el apuntalamiento del Estado; la integración monetaria en torno al euro no encontró su soporte en un Estado europeo. Hoy el camino no es concluir la integración, sino desarmarla. En particular Alemania regresa a la vieja política de la imposición, en lugar de la cooperación. La apuesta es desplazar la crisis a la periferia, los PIGs, con la esperanza de que no retorne el boomerang.

El imperialismo tardío

La contradicción fundamental del capitalismo entre la expansión y avance de las fuerzas productivas y la contracción de las relaciones de producción, en el capitalismo tardío se articula a la contradicción entre la globalización económica, sobre todo bajo la forma del capital financiero y la persistencia del Estado nacional, y se muestra en la incapacidad estructural de la globalización política.

El imperialismo, en su fase superior, se presenta bajo la forma del “Imperialismo global hegemónico en el que Estados Unidos es la fuerza dominante…, que trajo el imperativo de constituir una estructura de comando abarcadora del capital bajo un “gobierno global » presidido por el país globalmente dominante.”

En tiempos de crisis, el capital retorna a sus fuentes: el imperialismo en su fase actual retorna a la acumulación originaria, a la “acumulación por desposesión”, pero ahora proyectada a nivel global y en la fase de financiarización del capital. Se presenta como la articulación del capital bancario con el capital extractivista, del capital financiero con el capital rentista bajo la predominancia de la renta tecnológica, como eje de la reproducción ampliada del capital a nivel global.

Según Harvey, cuatro grandes módulos componen la acumulación por desposesión en tanto patrón capitalista dominante en la era neoliberal. El primero consiste en la privatización y mercantilización de recursos vitales. El segundo módulo es la financiarización iniciada en los años setenta y ampliada en los noventa, pero que recién en 2008 dio lugar a pesadillas sociales propias de la ficción paranoica, la posibilidad real de que un puñado de plutócratas se haya adueñado del mundo. El tercer módulo corresponde a la gestión y manipulación de la crisis, como una trampa para transferir activos de la periferia hacia el centro del capitalismo. Al cuarto módulo Harvey lo denomina redistribuciones estatales y gira en torno a otras prácticas de desposesión fuera las mencionadas privatizaciones, mediante las cuales los Estados nacionales suelen ser agentes indispensables de la restauración plutocrática más contundente de la historia del capitalismo.

La complicación está en que el imperialismo no es sólo un dominio externo, sino una forma estructural de funcionamiento interno del capital; de modo que nos enfrentamos a diversos imperialismos que afectan a los países y procesos periféricos, el hegemónico de los Estados Unidos, pero también el ascendente de las nuevas potencias emergentes, desde el eje Este-Oeste, liderado por China-Brasil-Rusia.

Desde las periferias el esfuerzo debe apuntar a una especie de nuevo no-alineamiento, que permita enfrentar el peligro principal del dominio hegemónico de los Estados Unidos, pero también las formas imperiales de las potencias emergentes, en una relación en que se mantenga la exigencia de la soberanía y la cooperación, que ya no es posible resolverla al interior de los Estados nacionales, sino en el campo de la integración soberana.

Economía y política

El capital no puede moverse sin el soporte del Estado. Wall Street y el Pentágono son los dos soportes de la expansión del poder imperial de Estados Unidos. Sin embargo, “(e)l significativo avance que se ha registrado en la internacionalización económica no tiene correspondencia directa en el plano estatal. Hay mayor asociación productiva, comercial, financiera, sin contraparte institucional.”

El vacío del Estado está en la raíz de la crisis europea, la unidad monetaria no cuenta con un Estado europeo que le sirva de soporte. Esta contradicción se presenta también en el fracaso de la universalización de la modernización capitalista en los países periféricos anunciada por el discurso imperial después de la Segunda Guerra Mundial: el paso al neoliberalismo es la confesión de esta incapacidad.

Este vacío trata de ser llenado con la expansión imperialista de los Estados centrales. A nivel global la expansión del Estado norteamericano, basado en el poderío militar, busca constituirse en el Estado global, pero con ello agudiza la contradicción estructural: “hoy, la competencia entre grupos de empresas gigantescas y sus gobiernos tiene un importante elemento limitante: el enorme poder de los Estados Unidos, que tiende peligrosamente a asumir el papel del Estado del sistema del capital en sí, sometiendo, por todos los medios a su alcance, a todas las potencias rivales.”

En el espacio europeo, el vacío trata de ser llenado por la expansión del Estado alemán, en alianza con el Estado francés, para disciplinar a los países periféricos de Europa. Como señala Helmut Schmitt, la historia del Estado alemán se debate entre la colaboración con los otros Estados europeos, garantizando una expansión conjunta, como la operada después de la Segunda Guerra Mundial hacia la constitución de la Unión Europea, o la actuación desde el poder para imponer condiciones a los otros Estados europeos, lo que arrastró a las dos Guerras mundiales, y puede arrastrar a un nuevo conflicto, a partir del retorno de la política de poder bajo la conducción de la Canciller Merkel, como respuesta a la crisis del euro.

La frontera principal, sin embargo, está en la presión de las potencias tradicionales para que las potencias emergentes, lideradas por China, absorban los costos de la crisis. Las posibilidades de una salida económica se reducen, y el panorama de una nueva conflagración como espacio de dirimencia de las contradicciones inter-potencias tradicionales y emergentes se refuerza.

Con Obama, la línea del conflicto se desplaza del enfrentamiento al eje del mal, al terrorismo, hacia la estrategia para recuperar la hegemonía perdida. Como en la vieja época de la “Guerra fría”, las batallas se dirimen en los bordes. La disputa está en Medio Oriente: la escalada pasa de Libia a Siria y se proyecta a Irán; y se amplía al control del Pacífico, empezando por el cerco en el Mar de China.

En Medio Oriente se entrecruza la movilización de los pueblos por la democracia con el poder del imperio para el control geopolítico de esta área clave. Todavía el poder del imperio se impone en salidas militares, como en Libia, o en salidas electorales como en Túnez y Egipto. Sin embargo el proceso no se agota, permanece la disputa entre la salida controlada desde arriba, a través de procesos electorales en que triunfan fuerzas del nuevo orden, y los procesos desde abajo. Simbólicamente la Plaza Tahir sigue activa en medio de unas elecciones controladas. Se trata de procesos prolongados que vienen desde atrás, desde la resistencia de los trabajadores, que se muestran en la ampliación de las movilizaciones simbólicas, y que tienen proyección en intentos de cambio desde abajo.

La crisis estructural del capitalismo abre procesos de movilización también en el seno de los países centrales. Los indignados en España, los Occupy Wall Street y la protesta de los trabajadores públicos en Wisconsin, en Estados Unidos, las 18 huelgas de trabajadores en Grecia, la rebelión constituyente de Islandia, llevan la resistencia a los países avanzados, aunque todavía se mueven en la “crítica negativa”. La crisis estructural y las movilizaciones son las dos caras del proceso de transición.

La nueva presencia de actores que cuestionan los dos pilares del sistema, el monopolio financiero y la democracia liberal, permiten el retorno de la tesis central de la comprensión del capitalismo como un sistema mundial y como una civilización. Después de un siglo en que la estrategia revolucionaria se ha movido en el campo del “socialismo en un solo país”, el socialismo subordinado al espacio del Estado nacional, retorna el viejo tema del “internacionalismo proletario” como condición del cambio sistémico

La muerte de la política

La postmodernidad es más bien una hipermodernidad: en el capitalismo tardío las formas extremas del capital en todos los terrenos se presentan como las formas “normales”. En el campo económico la estrategia imperialista retorna a la “acumulación por expropiación” de los tiempos de la acumulación originaria. En el campo de la política, desde el poder dominante acude a la policy y a las estrategias de guerra, adaptándolas a las condiciones del dominio y la derrota del “enemigo”. En el campo de la ética arriba a la razón cínica, al ethos cínico.

Para el realismo político, la guerra ya no es la continuación de la política por otros medios; sino que la política es la continuación de la guerra por otros medios.

Para Sun Tzu el arte de la guerra está basado en la “impostura”, es decir, en la capacidad de fingir incapacidad o de mostrarse activo, en función de la propia capacidad militar. También hay que saber ofrecerle al enemigo cebos “para atraerlo”; enfrentarlo cuando se concentra y evitarlo si es fuerte; aparentar inferioridad y alentar su arrogancia; dividirlo cuando esté unido; avanzar decididamente cuando no esté preparado; y mantenerlo en tensión y desgastarlo; y moverse cuando sea conveniente, provocando cambios en la situación, dispersando o concentrando fuerzas.”

Como señala Clausewitz, el fin buscado no es la destrucción del oponente sino su “desarme”, ya sea a través de su eliminación física, de su neutralización o porque éste perdió la voluntad de seguir peleando.

Pero no se trata de la vieja forma de la guerra. En la actualidad, “el cambio más significativo en el carácter del conflicto moderno es la explotación de los medios para alcanzar a las masas y movilizarlas en apoyo de la causa. (…)No se trata sólo del dominio de la información, sino también de la mente humana o la cultura, (…) porque la percepción importa más que los resultados, porque las comunicaciones “alteran los patrones de movilización popular, incluyendo tanto los medios de participación y los fines por los cuales las guerras se pelean”

La disputa en torno al monopolio de la violencia legitimada hoy se concentra en torno al monopolio de las armas de destrucción masiva, especialmente el poder atómico; allí se colocan las fronteras geoestrátegicas, la línea divisoria de la lucha contra los Estados “terroristas”.

Este juego sistémico ha invadido la práctica de los regímenes “progresistas” hacia adentro, en desfase con los alineamientos geopolíticos hacia afuera, en donde pueden tomar posiciones de confrontación con el imperialismo norteamericano. Gradualmente el realismo se ha convertido en la razón de gobierno del poder. Las estrategias del “cuarto de guerra” evocan más a Schmitt que a Marx.

Mantienen vigencia las preguntas de Boaventura De Souza Santos a la izquierda: “Como a la derecha sólo le interesa la democracia en la medida en que sirve a sus intereses, las izquierdas son hoy la garantía de su rescate. ¿Estarán a la altura del reto? ¿Tendrán el coraje de refundar la democracia más allá del liberalismo? ¿Defenderán una democracia sólida contra la antidemocracia, que combine la democracia representativa con la democracia participativa y la directa? ¿Abogarán por una democracia anticapitalista frente a un capitalismo cada vez más antidemocrático?”

En nuestra América

Estamos en una fase de transición marcada por la decadencia del sistema-mundo-capitalista y por la emergencia de los nuevos sujetos de la revolución, aunque todavía bajo una forma defensiva.

Harvey plantea que la naturaleza del nuevo imperialismo está en su carácter territorial. En el otro lado, también el potencial revolucionario de la humanidad se condensa territorialmente en los distintos tiempos. La transformación del sistema para consolidarse requiere cambios en el centro, en su principio organizativo. El proceso pasa por el sistema en su conjunto, pero opera por cerco desde la periferia. Es allí en donde el poder del capital busca detener las transformaciones y presenta variantes que contengan el poder transformador de las masas trabajadoras en el límite del juego sistémico.

Dentro de un proceso de desarrollo desigual y combinado, las luchas de los trabajadores y de los pueblos en Latinoamérica se presentan con la potencialidad de iniciar la transformación del sistema en su conjunto. Por ello hay que cuidar los procesos en nuestro Continente.

“Latinoamérica promete para el futuro más de lo que por el momento podemos hallar en los países capitalistamente avanzados… Así, si bien sigue siendo verdad que el socialismo debe calificar como un enfoque universalmente viable, que abarque las áreas capitalistas más desarrolladas del mundo, no podemos considerar este problema en términos de una secuencia temporal en la cual una futura revolución social en los Estados Unidos debe tener precedencia por sobre todo lo demás. Nada de eso. Porque dada la inercia masiva generada por los intereses creados del capital en los países capitalistamente avanzados, junto con la complicidad consensual en ellos del laborismo reformista, resulta mucho más probable que se dé una revuelta social que encienda la mecha en Latinoamérica que en los Estados Unidos, con implicaciones de largo alcance para el resto del mundo.”

En el inicio del siglo XXI, en América Latina se presentó una oleada de gobiernos “progresistas”, que se apoyaron en el discurso anti-neoliberal y propusieron diversas perspectivas de cambio. Después de más de una década de prácticas políticas, es posible analizar el sentido de ese cambio: formas post-neoliberales o formas pos-liberales, cambios cíclicos o cambios estructurales.

El campo en disputa es el sentido del cambio, que puede abarcar diversos planos: desde el desplazamiento a nuevas formas de neoliberalismo “reaoladed” o con “rostro humano”; las variaciones desde el cambio del modelo neoliberal, sin afectar a las bases estructurales del sistema mundo-capitalista y antes bien en una refuncionalización de las economías periféricas a las nuevas condiciones del capital global; hasta la construcción de los fundamentos de una transición sistémica a una sociedad postcapitalista.

Entre estas variantes puede haber una gradación compleja que debe ser analizada desde el punto de vista sistémico-estratégico, y no desde el punto de vista de las acciones tácticas parciales: el sentido está en el conjunto y en la perspectiva, no en la propaganda de una medida parcial. En particular, no se puede ver una política escindida del sujeto, de los beneficiarios y de los afectados.

La importancia estratégica de América Latina en el mapa político mundial parte de las potencialidades de la resistencia y alternativa civilizatoria de una modernidad diferente desde el ethos barroco, en términos de Bolívar Echeverría, desde un mestizaje, hoy presente como el proyecto político del sumak kawsay y el Estado plurinacional, amenazado por nuevas formas avanzadas de modernización capitalista; y de las potencialidades de la coexistencia del cauce de socialismo proletario-moderno, ligado a los trabajadores, con el comunismo de raíz andina, ligado a los pueblos y comunidades originarios, en términos de José Carlos Mariátegui.

El foco del debate es la caracterización de la fase de transición. El análisis de la historia del neoliberalismo es necesario complementarlo con el análisis de las propuestas y los sujetos de cambio ante la crisis del modelo y de sus variantes. Quizás encontremos alguna luz en medio del proceso caótico al analizar los casos concretos de crisis, estrategias y movilizaciones, como puntos de inflexión de una tendencia general.

Y entonces las preguntas se modifican: ¿Ha cambiado el eje de acumulación global del capital? Y quizás una pregunta inicial: ¿Es posible el cambio sistémico del capitalismo? ¿Dónde se condensan las contradicciones del sistema mundo-capitalista? ¿Cuál es la naturaleza del enfrentamiento entre las viejas potencias y las potencias emergentes? ¿En el nuevo (des)orden mundial cuál es el sitio y el papel de América Latina? ¿Los gobiernos “progresistas” han logrado una reorientación anti-sistémica con signos de transición hacia una sociedad post-capitalista, o representan cambios funcionales, modernizaciones sin reforma? ¿América Latina y, en particular, nuestro país, han logrado desvincularse de la lógica de la acumulación y reproducción ampliada del capital, ha logrado desvincularse del ciclo de crisis del capital y de sus estrategias de recomposición? ¿Por qué América Latina y, en particular, nuestro país, no logran desvincularse del modelo extractivista? ¿La “maldición de la abundancia” es todavía el oxímoron de nuestras economías?
Surge una segunda línea de preguntas: ¿Cuál es el carácter político de los regímenes latinoamericanos? ¿Cuáles son las fracturas y cuáles las continuidades entre los gobiernos “progresistas” y los gobiernos “de derecha” del Continente?
El objeto no es el estudio de los gobiernos, sino de los procesos históricos, en donde surgen los diferentes actores – clases, etnias, grupos económicos, grupos de poder, bloques históricos, géneros, nacionalidades – como los sujetos que construyen la historia, pero, como señala Marx, no según su voluntad, sino de acuerdo a las condiciones objetivas en las que se encuentran. La finalidad no es sólo la comprensión de los procesos, sino descubrir los puntos de ruptura sistémica: conocer para transformar.

El objeto es el presente-ahora , como condensación del pasado y el futuro. El camino es pasar del tiempo corto de la coyuntura al tiempo medio del período, y colocarlo en la dimensión civilizatoria del tiempo muy largo. Esa es la complejidad del tiempo-ahora: cada punto nos remite al cambio de época, nos coloca ante las preguntas originarias.

Rupturas y continuidades

En este sentido, el análisis del proceso del Ecuador puede iluminar el proceso general, aunque el punto de referencia es la articulación con el capital global. A menudo hay la tendencia a generalizar, a establecer los elementos comunes de los procesos: desde una visión todos los gobiernos “progresistas” pueden ser encasillados en una definición; o quizás en un esfuerzo se puede llegar a una sub-clasificación, en donde generalmente se establece mayores cercanías entre los procesos de Ecuador, Venezuela y Bolivia. Los procesos son complejos, y en el detalle, en la “descripción densa”, en la diferenciación entre el “guiño y el tic” podemos encontrar el sentido.

Se requiere seguir un doble camino: de ida, desde el caso concreto a los modelos y tipos abstractos, a los elementos comunes, a la tendencia general; y desde la abstracción de los modelos y los elementos comunes a la reconstrucción del caso concreto, de la naturaleza compleja de la realidad. La comparación entre los diversos procesos se convierte en un instrumento para establecer tendencias y caracteres comunes y para precisar las diferencias e identidades. Con ello superamos el peligro de las simplificaciones y los encasillamientos ideológicos y abrimos la puerta a la investigación crítica.

Es asombroso el poder alquímico de la publicidad: aprendemos a colar el mosquito (gamla), mientras nos tragamos el camello (galma). Estamos entretenidos en el juego del día: el registro de la propiedad “intelectual” de la marca 30S, el perdón de Samán o de Alexis Mera o de Pablo Delgado, las sabatinas, las renuncias de los ministros; mientras no podemos mirar, nos volvemos ciegos ante los temas de fondo: los negocios petroleros, la venta de la soberanía de las telecomunicaciones, el tejido de carreteras y vías en torno al IIRSA, la repetición del modelo extractivista.

El poder de la “policy” destruye el ejercicio de la política: no sólo se trata del “Gran hermano” que nos somete a una mirada panóptica, sino que nos coloca el objeto de la mirada, el muro translúcido que oculta en lugar de mostrar. Asigna puestos-roles en el orden: cada sábado fabrica su contradictor, para que los flashes de la “prensa corrupta” le hagan el juego hasta el próximo sábado, en que cambiará el objeto de la mirada-deseo.

El camino del análisis empieza por ampliar el tiempo. El punto de corte del período político en nuestro país se ubica a mediados de los noventa: la crisis de hegemonía del bloque financiero-exportador, liderado por el Partido Social-Cristiano, marcada por dos procesos, la crisis arriba con disidencias que se presentan como procesos truncos del cambio de hegemonía, encabezados por fracciones disidentes del bloque de poder; y la crisis abajo con procesos de movilización de un bloque social, liderado por el movimiento indígena, y que se presenta como el derrocamiento de tres gobiernos hasta la apertura de un imaginario de cambio constituyente.

Esta crisis local se presenta como un adelanto de la crisis del modelo neoliberal, sobre todo en la caída bancaria del 98-2000, pero no puede ser “resuelta” desde arriba hasta un re-acoplamiento con un reordenamiento global; ni desde abajo, hasta el poder de los actores antisistémicos.

La primera jugada del sistema es evitar que la crisis de hegemonía traspase los límites de la disputa dentro del bloque en el poder. En nuestro país este paso se opera dentro del juego de la disputa y el pacto burgués oligárquico, definido por Agustín Cueva como el dispositivo cíclico del poder en el Ecuador, a partir de la Revolución liberal.

No se trata de una estrategia coyuntural, sino de un proceso largo, organizado en torno a la constitución de las democracias representativas, que parten del vaciamiento del contenido material de la democracia, el poder de los de abajo.

Los actores se mueven en el campo de la presentación, en el mundo de la vida, bajo formas “abigarradas.” Esas formas son expropiadas de su calidad, de su identidad, en un proceso sistémico de “ciudadanización”, para pasar al estado de democracia representativa. Los actores, en particular los movimientos sociales, se constituyen en la brecha entre legalidad y legitimidad que abre la crisis de hegemonía; y con ello, tienen la capacidad de la crítica al sistema. El movimiento obrero basa su poder contrahegemónico en la capacidad de enfrentar la raíz de la explotación capitalista. El movimiento indígena va más allá, tiene una capacidad contrahegemónica asentada en el poder de crítica civilizatoria desde el acumulado de la resistencia de siglos.

Sin embargo los movimientos sociales pueden ser recuperados al juego sistémico en el campo de la representación, cuando se desligan del piso orgánico de la presentación. La hegemonía es un proceso orgánico de construcción de una relación entre la base económica y la representación política. Los sujetos contra-hegemónicos tienen la capacidad del salto, pero éste no es automático, depende de la lucha política.

El momento crítico es precisamente el momento del salto, el campo de fuerzas de la transición; allí se bifurca el tiempo: las fuerzas revolucionarias pueden proyectar el poder contra-hegemónico desde la crítica negativa, de la denuncia, del derrocamiento del viejo poder, hacia la construcción de una nueva hegemonía; o el juego sistémico puede controlar el poder insurreccional de las masas y orientarlo a un reacomodo funcional.

Aún más, ésta es la naturaleza de los juegos sistémicos en momentos de crisis estructural: las fuerzas del orden, en el campo de la representación, se mueven a las formas más extremas, en el borde de las fronteras sistémicas, hasta lograr domeñar el poder constituyente de los actores antisistémicos.

La forma de este control que se ha operado tradicionalmente en nuestra Región ha sido el surgimiento de regímenes bonapartistas-autoritarios-populistas que basan su poder en tres dinámicas combinadas:
• en el tratamiento a la crisis de hegemonía 1 (la crisis dentro del bloque dominante), predomina la forma bonapartista, con relativa autonomía del régimen respecto a las fracciones particulares de la burguesía, para representar e impulsar el interés histórico de clase y reordenar el Estado y la economía;
• en el tratamiento a la crisis de hegemonía 2 (la crisis de la relación entre los de arriba y los de abajo, que se presenta como crisis del sistema de representación, en particular, del sistema tradicional de partidos), predomina la forma populista, asentada en el control-apoyo de las masas sin capacidad de auto-representación y, por tanto, proyectadas al reconocimiento de referentes carismáticos;
• y en el tratamiento de la crisis de hegemonía 3 (la potencia antisistémica-constituyente del bloque social) funciona tanto la fuerza como el consenso, las formas autoritarias de la criminalización de la lucha social y de persecución a las diversas formas de organización social y funcionamiento colectivo autónomo, y también las formas de la seducción en la absorción del imaginario constituyente o de cooptación sobre todo de los mandos medios.

El proyecto País no es un fenómeno de coyuntura, se trata más bien de un régimen de período, tanto en el sentido del tiempo histórico, representa un proceso de cambio de hegemonía, como en el sentido de la tendencia geográfica, se articula con las experiencias de gobiernos “posliberales” en la Región. Es la variante más avanzada de la modernización capitalista, por lo cual tiene fuerza de hegemonía.

Surge en el espacio de un doble vacío: arriba, las diversas disidencias de la hegemonía socialcristiana no logran cristalizar y se presentan como procesos truncos; abajo, la trayectoria del bloque social liderado por el movimiento indígena no logra pasar del imaginario constituyente construido en base al poder de oposición antisistémica a la concreción del poder constituyente, y se presenta como un proceso trunco. Correa se ubica en el cruce de estos dos procesos truncos y los proyecta en una nueva dirección. Gana fuerza como outsider electoral y se consolida como “insider” estructural.

Bourdieu señala que para entender un proceso hay que ver no sólo las rupturas, sino también las continuidades; y quizás aquí está la naturaleza profunda del proceso. Las rupturas y las continuidades hay que estudiarlas “a partir del análisis de las transformaciones de los mecanismos y las instituciones encargadas de garantizar la perpetuación del orden.” Hay dos campos claves: la perpetuación del orden económico y del orden político.

En el orden económico, desde el sentido del capital, la clave está en el modelo de acumulación. El propio Presidente Correa declara: “El modelo de acumulación no lo hemos podido cambiar drásticamente. Básicamente estamos haciendo mejor las cosas con el mismo modelo de acumulación, antes que cambiarlo, porque no es nuestro deseo perjudicar a los ricos, pero sí es nuestra intención tener una sociedad más justa y equitativa.”

En el mundo capitalista la contradicción fundamental se da entre el capital y el trabajo. El fundamento de las explotaciones está en la plusvalía, en la explotación de la fuerza de trabajo. Las políticas laborales expresan el aspecto jurídico de los alineamientos en esta contradicción.

En un estudio realizados por la Internacional de Trabajadores Públicos se muestra que la matriz de las leyes laborales de los Países Andinos no tiene grandes variaciones. Las políticas de eliminación del derecho laboral como derecho social y el paso al derecho privado, a una relación civil se opera tanto en los gobiernos neoliberales, como el de Álvaro Uribe-Santos en Colombia, como en los gobiernos “progresistas, como el de Rafael Correa en Ecuador.

La ruptura está en el cambio del bloque hegemónico. El Gobierno de Correa y el Proyecto PAIS actúa en el punto de desenlace de la crisis de hegemonía del bloque liderado por el capital financiero-agroexportador, vinculado al eje Norte-Sur del capital global; y en el momento de vacío y derrota de los dos intentos de resolución de esta crisis: desde arriba los intentos truncos de diversas fracciones del poder por desplazar el poder socialcristiano; desde abajo la incapacidad del bloque social liderado por el movimiento indígena para pasar de la resistencia y la crítica al poder constituyente, a pesar de que dejan sentado un imaginario constituyente que será instrumentalizado por el proyecto PAIS.

Actúa desde una dinámica bonapartista que le permite tomar relativa autonomía respecto a las fracciones y grupos del bloque dominante, para impulsar el interés general del capital tanto a nivel global como nacional. De esta manera el régimen puede impulsar un fuerte proceso de modernización en los diversos ámbitos de la sociedad ecuatoriana: desde la economía hasta la cultura.

Esta hegemonía requiere el acuerdo arriba después de su recomposición. El signo está en el modelo extractivista: en la política petrolera, las “joyas de la corona” han sido repartidas entre los nuevos aliados estratégicos, las transnacionales estatales, dentro del eje Este-Oeste, encabezado por China-Brasil, y los antiguos adversarios denostados inicialmente, pero que retornan bajo la bandera de la eficacia y de la inversión. La nueva ofensiva minera está comandada por los capitales chinos y canadienses. Las grandes obras energéticas cuentan con inversiones chinas.

Pero quizás en donde se ve con más claridad la naturaleza del proyecto PAÍS está en la propuesta de la Ciudad del Conocimiento (Yachay) como la utopía del modelo de buen vivir.

La utopía del orden es una ciudad del conocimiento que trasplante los modelos tecnológicos exitosos de afuera. Se parte del desprecio y el desconocimiento de nuestras raíces, de nuestra originalidad. Hay que buscar la salvación afuera. La propaganda es “convertir al Ecuador en un país generador de bioconocimiento y que se convertirá en un centro de investigación a nivel mundial, en las áreas de Ciencias de la Vida, Nano Ciencia, Petroquímica, Energía Renovable y Cambio Climático, Tecnologías de Información y Comunicación entre otras.” El proyecto se focalizará en la industria basada en el conocimiento; incluye la construcción de una nueva universidad y varios institutos de investigación científica, el asentamiento de industrias de alta tecnología y zonas urbanas y recreación, convirtiendo a Yachay en un modelo de ciudad planificada en toda América del Sur.
Para ello se suscribe un convenio suscrito entre los gobiernos de Ecuador y Corea del Sur, que se encargará del diseño arquitectónico de la primera Ciudad del Conocimiento del Ecuador. Corea del Sur tiene experiencias similares en construcción y administración de proyectos similares, como la Ciudad del Conocimiento Songdo.
La utilización del nombre quichua “Yachay” pretende ocultar la naturaleza del proyecto. El modelo evocado es Songdo en Corea del Norte, que es un es un centro internacional de negocios en que se combina el capital financiero con la renta tecnológica, la forma más avanzada del capital actual. Este proyecto de 10 años de desarrollo se estima que costará más de 35 mil millones de dólares. El proyecto aspira a hacer de la ciudad y de Corea del Sur el centro de negocios por excelencia de Asia. El plan maestro fue diseñado por la oficina de Nueva York Kohn Pedersen Fox (KPF). Contará con más de 120 edificios construidos bajo estándares LEED, parques y espacios abiertos y completos sistemas de transporte público. Tendrá una superficie de seis kilómetros cuadrados (1500 acres) y alrededor de 75 mil habitantes.
En términos de la BBC: “Iniciado en 2000, Songdo es la más grande empresa privada de bienes raíces en la historia – su costo actual estimado es de $ 35 mil millones (€ 22 millones). La mayor parte del dinero proviene de Gale International, una firma privada estadounidense de bienes raíces, y el banco de inversión Morgan Stanley.”
La ciudad del conocimiento copiada en nuestro país parte de la idea de enclave, en donde las universidades sobre todo públicas no tienen participación. El discurso de la excelencia y la calidad califica a los centros universitarios actuales como mediocres e incapaces de responder a los nuevos retos, por lo cual hay que crear algo nuevo al margen. No se trata de cambiar a la universidad existente, sino de construir un enclave desde afuera: la vieja teoría de la modernización.
La atracción está en la copia de lo que aparece como la solución más avanzada al buen vivir: ciudades inteligentes, modelos sustentables, un post-positivismo, ligado al poder de las tecnologías. El modelo “imperio”: un mundo escindido entre la generalidad gris y la luz del paraíso; dos mundos superpuestos entre los circuitos reservados a los elegidos y el mundo desechable de la gran masa.
“Para que cualquier forma de pensamiento se convierta en dominante, tiene que presentarse un aparato conceptual que sea sugerente para nuestras intuiciones, nuestros instintos, nuestros valores y nuestros deseos así como también para las posibilidades inherentes al mundo social que habitamos. Si esto se logra, este aparato conceptual se injerta de tal modo en el sentido común que pasa a ser asumido como algo dado y no cuestionable.” La fuerza del proyecto PAÍS brota de la modernización funcional que encarna el ideal de las élites económicas y tecnocráticas y tiene la fuerza y los medios para construirse como el sentido común que gana la mente y el corazón de la masa. Este proceso de modernización desde arriba, una modernización sin reforma, incorpora orgánicamente a la mayoría de los sectores sociales con incapacidad de “auto-representarse”, por lo cual buscan una liderazgo carismático y autoritario, y enfrenta a los sectores que tienen capacidad de auto-representación orgánica.
A menudo se explica el apoyo al régimen como resultado de la política clientelar de los bonos dirigidos a los sectores más deprimidos. Efectivamente este dispositivo juega, pero como parte de un proceso más profundo, de un proceso de dirección orgánica del imaginario de la masa: la hegemonía abajo ha logrado el desplazamiento de la articulación del imaginario del cambio con las transformaciones profundas, a la articulación con los procesos graduales, magnificados por la publicidad. Las viejas tesis de las etapas de la modernización (Rostow) o de las etapas de la revolución (Stalin), se convierten en un reordenamiento profundo del tiempo: una relectura del pasado inmediato en que el régimen saca ventaja ante los gobiernos de la partidocracia y sobre todo una reconstrucción de la “utopía” en torno al modelo de la excelencia y la calidad, del progreso que viene desde afuera. Por ello es difícil la crítica y la presentación de alternativas, la dificultad de distinguir entre cambios funcionales y cambios antisistémicos.
Las alternativas
Estamos ante un nuevo ciclo (un “pachakutik”) de confrontación entre una modernización-postmoderna dominante, basada en el poder del capital financiero y la renta tecnológica, en la confianza iluminista postpositivista en el poder de las nuevas tecnologías, en la democracia liberal mínima y la transformación de la política en seguridad y guerra; frente a una resistencia debilitada del poder civilizatorio del ethos barroco y de la coexistencia de formas de socialismo moderno y de comunismo originario.
Bolívar Echeverría sostiene que el ethos barroco representaba la posibilidad de una modernidad diferente a la occidental-capitalista; este proyecto es derrotado en el Segundo Pacto Colonial, en la política modernizadora de los Borbones, pero subsiste como resistencia. A fines del milenio esta posibilidad se visibiliza en el retorno de los runas, en las luchas indígenas y en las propuestas del Estado Plurinacional. Quizás allí está una de las líneas comprensión de la problemática actual.

El viejo discurso neoliberal de “no hay alternativas”, toma un ropaje diferente desde el poder oficial de los regímenes “progresistas”: cualquier crítica se transforma en “hacer el juego a la oligarquía y el imperialismo”. Por ello, hoy abrir campo al pensamiento crítico exige doble esfuerzo: enfrentar al viejo poder del neoliberalismo y enfrentar a las nuevas formas de dominación del pos-liberalismo. Y esto es posible sólo si la crítica es el fundamento de proyecciones alternativas.
Las alternativas pasan por la capacidad de construir un proyecto contrahegemónico, articulado a nivel mundial y local. En tiempos de transición marcados por la crisis sistémica del capitalismo, la construcción de puntos de atracción antisistémica puede acelerar el cambio, ordenar las fuerzas en medio del caos. No se trata de pensar globalmente y actuar localmente, sino de pensar y actuar de cara al sistema, a partir del descubrimiento de los puntos antisistémicos: una visión insurreccional que permite concentrar las fuerzas reducidas en un punto en donde se puede modificar la correlación a favor del cambio.
El poder contrahegemónico es un proceso orgánico que actúa en la base y en la supraestructura, capaz de incidir en las relaciones de propiedad, en la economía, y en las representaciones culturales y políticas. Implica la construcción de una voluntad colectiva, de una fuerza que cuente con una visión y una práctica alternativas del mundo y la vida. Sobre todo en este tiempo de inflamiento de la representación y de la palabra, el enraizamiento orgánico en la presentación es el fundamento para incidir sobre el corazón y la mente de los oprimidos.
El sentido de ruptura se puede ubicar desde dos dinámicas: desde las prácticas de los actores contra-hegemónicos, y desde el debate teórico. Los gérmenes de las alternativas están en las luchas de los oprimidos.

Podemos ubicar tres campos de lucha con potencialidad contrahegemónica: las resistencias al modelo extractivista, articuladas a una visión del sumak-kawsay como proyecto político ligado a la propuesta del Estado plurinacional y la fuerza de los pueblos originarios; la defensa de los derechos laborales, articulada a la reconstitución de las fuerzas del trabajo en torno a un programa de transformaciones orientadas a la transición al socialismo y al comunismo; las luchas de ideas en torno a los debates sobre las alternativas, articuladas a la conformación de las fuerzas revolucionarias, enfrentadas no sólo al poder dominante del sistema, sino también a las fuerzas reformistas que bloquean los procesos de cambio sistémico.

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